He acabado “El elogio de la sombra”, un libro excepcional de Junichiro Tanizaki, uno de los grandes novelistas de Japón, que busqué cuando me lo recordó la película de la entrada anterior, pese a tenerlo en la lista esa más o menos organizada que todos los lectores tenemos en la cabeza (ya sabéis, esa de “éste no lo voy a buscar ahora mismo, pero algún día caerá…”, y programas una alarma mental que “salta” cuando ve el libro en algún sitio). El libro, breve, distinto, me ha encantado. No voy a hacer una sinopsis del mismo, solo recomendaros su lectura (soy un poco malo, lo sé, pero sería como intentar convencer a alguien acerca de lo bueno que está un pastel describiéndolo).
Lo traigo aquí para poder comentar la reflexión a la que me ha inducido su lectura. “El elogio de la s
ombra” es un tratado de estética, acerca de como lo que puede ser muy bueno para el mundo occidental empobrece y le quita la sustancia a las artes japonesas. Y pienso que eso ocurre en muchas otras facetas de la vida. Tenemos una forma de ser, de vivir, de medio en el que nos desarrollamos, y pese a ello muchas veces nos emperramos en que la ajena es la buena, en que determinadas circunstancias nos harían ser más productivos, más “felices”. Pues es un error como la copa de un ciruelo injertado de peral. Lo que da su máximo esplendor al arte japonés es la sombra, el juego que permite sólo intuir determinadas decoraciones, determinados arreglos. Una estatua cubierta de oro dice mucho más al espectador si se presenta en un ambiente de luz tenue, iluminada por velas o por un farol de papel, que si la descubres bajo un foco eléctrico, con lo que la conviertes en plana, carente de misterio, ordinaria, chabacana.
Por tanto, igual que lo oscuro, la sombra, no tiene por que ser algo negativo, sino un elemento que da valor y sentido en determinadas situaciones, en las clasificaciones que hacemos en nuestras vidas de todo lo que nos rodea no tiene por que ser malo si es “opaco” o “negro”, según la clasificación que de lo que se trate hace la sociedad. Una situación especial puede desvelar aspectos que de otra forma permanecían ocultos, o abrir caminos a nuevas oportunidades, o, sencillamente, ser el estado natural en el que nos movemos bien y nos sentimos cómodos.
Se nos ha educado en una sociedad que valora sobre todas las cosas el concepto de “crecimiento”. Crecer es triunfar, y las curvas de nuestras gráficas vitales deben ser siempre ascendientes. Lo contrario es “perder”, delito de lesa humanidad en esta sociedad individualista y competitiva que nos hemos montado. Pues a lo mejor lo que estamos haciendo es situarnos en escenarios que no son los nuestros, los que hacen que luzcan nuestras mejores propiedades. A veces una parada y un análisis de rumbo nos resitúa, nos reconcilia con lo que realmente deseamos, y vemos claro que nuestros objetivos en realidad no son nuestros, sino inculcados por algo externo y ajeno a nosotros.
Yo por mi parte sigo buscando mi juego de sombras.