Posts Tagged “Cuentos”

En un monasterio en la ciudad de Shukotai, la capital antigua de Thailandia, existía una figura del Buda a la que la gente le tenía especial devoción. Era una estatua grande, como una casa de un par de pisos, y no era la mas bonita, ni la más refinada en sus facciones, pero tenía más de 500 años de antigüedad, había sobrevivido a invasiones y desastres naturales y esa antigüedad le había otorgado un halo de cercanía y misterio a la vez.

Pero los años no pasan en balde para nadie; el monasterio se abandonó y la estatua se encontraba surcada por numerosas grietas y desconchones. Tantos desperfectos tenía que los monjes de otro monasterio, antes de trasladar la estatua, decidieron acometer una restauración integral, para lo que comenzaron a inspeccionar minuciosamente su estado.

Al llegar a la espalda, entre los pliegues de la túnica, observaron una grieta mayor que las demás. Tan ancha era que uno de los monjes introdujo una linterna por la hendidura, y la luz le devolvió el fulgor dorado de.. ¡oro!

Los fundadores del templo habían escondido una estatua enorme de oro macizo con una cubierta de arcilla coloreada de varios palmos de grosor. Esto había hecho que resistiera sin problemas el paso del tiempo, sin que nadie hubiera intentado robarla ni agredirla.

Ahora, esta estatua, despojada de su envoltura, se encuentra visible para todos, siendo una de las maravillas del sudeste asiático.

Debajo de nuestra capa de arcilla y yeso resquebrajado, sólo con escarbar un poco, se encuentra un auténtico tesoro de bondad original y luminosa. Basta retirar la corteza.

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(Para que el carácter de un ser humano excepcional muestre sus verdaderas cualidades, es necesario contar con la buena fortuna de poder observar sus acciones a lo largo de los años. Si sus acciones están desprovistas de todo egoí­smo, si la idea que las dirige es una de generosidad sin ejemplo, si sus acciones son aquellas que ciertamente no buscan en absoluto ninguna recompensa más que aquella de dejar sus marcas visibles; sin riesgo de cometer ningún error, estamos entonces frente a un personaje inolvidable.)

Hace aproximadamente cuarenta años, yo hací­a una larga travesí­a a pie (más…)

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Cuentan que un viejo maestro se desplazaba hacia otra ciudad, acompañado por su joven discípulo. Transitaban por un camino polvoriento, y el maestro, cansado, se apoyó en una piedra del camino y le dijo a su acompañante: “Por favor, tráeme un poco de agua”.

El discípulo, con todo el brí­o que le daba la juventud, partió en la búsqueda de un vaso de agua para su maestro. Anduvo un largo trayecto, pero el paraje era semidesértico y no habí­a pozos a la vista. De repente oyó a lo lejos un rumor de agua corriendo. Se dirigió al origen del sonido, y acertó. Un pequeño riachuelo de agua fresca corrí­a, formando incluso una pequeña cascada, donde llenó su cuenco de agua fresca. Iba ya a volverse cuando vió en la otra parte del remanso que formaban las aguas una muchacha, llenado unos cántaros. Se inclinaba sobre la superficie del agua, los sumergía y con un gracioso ademán los depositaba tras de sí­. En ese gesto se le descubrí­a, de forma casual, un pecho. El joven monje, que nunca había visto una cosa tan bella, saludó a la muchacha, que respondió a su saludo, y ambos trabaron conversación. Al ver que eran muchos los cántaros, el chico se ofreció a ayudar a llevarlos, a lo que la joven aceptó encantada. Llegaron a casa, y como era tarde, el padre de la chica le dijo que descansara esa noche, que a la mañana emprendería el regreso. El monje, encantado con poder estar más tiempo con esa encantadora chiquilla, accedió sin mayor problema.

Al día siguiente, al levantarse, el padre de la joven le pidió ayuda para arreglar el tejado de la casa. El joven trabajó como un león, un dí­a, varios dí­as, un mes…

Se casó con la chica. Tuvieron tres niños, arreglaron la parcela contigua a la casa del padre. Compraron ganado, que prosperó hasta convertirse en los animales más apreciados de la zona.

Un día, cuando el monje, ya un hombre hecho y derecho, volví­a de un viaje de negocios hasta la ciudad cercana, vio a lo lejos una humareda en el sitio en el que estaba su pueblo. Una tempestad habí­a arrasado la aldea, sepultando el techo de la casa al caer a toda su familia. Toda su felicidad, construí­da pacientemente con mucho esfuerzo y dedicación, todas esas risas, todos esos momentos, se habí­an esfumado. Sólo quedaba el desastre. El monje huyó del lugar, llorando su desgracia, con el alma partida…

En su huí­da, medio tropezando, tiró por un sendero de tierra. Las lágrimas no le permití­an ver bien por dónde iba. Se apoyó en unas rocas, para secarse un poco los ojos, y en ese momento oyó una voz:

“¿Eres tú? ¿Me has traí­do el agua?”

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(*) En las dos acepciones del término. Escuchado en un kusén.

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Hay una historia taoísta de un viejo granjero que habí­a trabajado sus cosechas por muchos años. Un día su caballo se fugó. Al oi­r las noticias, sus vecinos lo vinieron a visitar. ¡Qué mala suerte! le dijeron congraciándose con él.

¡Ya veremos!, contestó el granjero. A la mañana siguiente, el caballo regresó, trayendo otros tres caballos salvajes con él.

¡Qué maravilloso!, exclamaron los vecinos.

¡Ya veremos!, contestó el viejo hombre.

Al día siguiente, su hijo intentó montar uno de los caballos sin domar, Éste lo tiró por tierra, y se rompió la pierna. Los vecinos vinieron otra vez a ofrecer sus condolencias en su infortunio.

¡Ya veremos!, contestó el granjero.

Al dí­a después, funcionarios militares vinieron a la aldea a reclutar hombres jóvenes en el ejército. Viendo que la pierna del hijo estaba rota, lo pasaron por alto. Los vecinos felicitaron a granjero por la forma en la que las cosas se habían dado vuelta.

¡Ya veremos!, dijo el granjero.

Paisaje zen

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     El otro día, como me gusta hacer de vez en cuando, di una vuelta por el jardín. Fuí por la parte más llana, apenas unas ondulaciones de un terreno blando y agradable para el paseo, y en el centro de una hondonada, de súbito, me encontré con una planta desconocida. Surgía de la misma tierra, sin levantar el terreno a su alrededor, como si no hubiera crecido, sino que estuviera ahí desde siempre. De un grueso tronco de color verde azulado partían unas ramas desde baja altura, abriéndose en abanico, tanto más horizontales cuanto más se elevaba la vista, y de la que nacía, sin solución de continuidad, bellas hojas de apariencia atercipelada y colores suaves, verdes, fucsias, azules, y, salpicando el follaje, flores esparcidas de manera casual, todas distintas, singulares, pero que generaban a su alrededor ambientes propios, como compartimentando el espacio.

     No lo había visto nunca. Incrédulo, lo rodeé, mirándolo por todos lados. Me parecía increíble que algo así pudiera existir en MI jardín sin ser yo consciente. Era bellísimo, pero a la vez extraño. Mientras lo observaba, me dí cuenta que el árbol cambiaba, en algunas zonas de forma lenta y casi imperceptible, pero en otras agitaba sus hojas y sus flores, que crecían, se abrían, e incluso se podría decir que murmuraban o canturreaban.

     Me senté junto a él, para con calma ir observando sus cambios….pero no percibí, hasta pasado mucho tiempo, lo que en realidad era ese árbol, cómo se relacionaba conmigo, lo que eran sus flores, y cómo de su observación yo sacaba muchas cosas claras y positivas.

     ¿Qué crees tú que era el árbol?

 

 

 

 

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Antes de que se me olvidara, y pasara a engrosar la lista de aquellas historias que sucedieron pero nunca se volvieron a contar, quería dejar por escrito una, tal vez real, que pasó en los lejanos días del comienzo del pasado siglo.

Era feria en la ciudad. Los niños esperaban con ilusión esos días de finales de agosto, en donde las tardes se comenzaban a aproximar al almuerzo. El tiempo, menos riguroso que en julio, dejaba un respiro, y por unos días la ciudad se llenaba de carromatos y casetas. Había cómicos, charlatanas, algún gitano con un oso resignado, vendedores ambulantes, y, por supuesto, como todos los años, volvía la tómbola.

Carmen había esperado con mucha ilusión la tómbola ese año. Era la menor de siete hermanos, huérfanos de padre, y por desgracia en sucasa no sobraba el dinero. Pero este año había conseguido ahorrar una perra gorda, un regalo de una señora amiga de su madre, que conservaba con pasión debajo de la almohada. Tenía muy claro para qué la quería. Aunque aún faltaban muchos meses para la feria, esa moneda sería para comprar un boleto en la tómbola. Entre otros premios, en la tómbola tenían muñecas. No eran las lujosas muñecas que se veían en las casas de las niñas ricas, con vestidos de encajes y trajecitos de seda, pero eran unas preciosas niñas con sombrero, trenzas y ojos de un intenso color azul cielo, que se cerraban al acostarlas. El año anterior Carmen había quedado extasiada con la muñeca, pero no tenía opción a comprar un boleto. Este año si. Y mañana era el gran día, en el qué sus dos hermanos mayores la iban a llevar a probar suerte.

La noche la pasó intranquila, dando vueltas en la cama. Se despertó muchas veces, con una sensación rara en la garganta. Cuando a la mañana siguiente unos hilillos de luz se filtraban por los postigos, se propueso levantarse, para lavarse la cara, cepillarse el pelo, y encaminarse con sus hermanos a la explanada.

Estaba pensando en ello cuando una de sus hermanas entró en la habitación a abrir el balconcito. Fué tirar del cierre que sujetaba las hojas del balcón y entrar un raudal de luz clara en la alcoba, cuando reparó en que su hermanita estaba despierta en la cama, y al verla….:

– ¡Jesús mío!¡ Esta niña tiene fiebre!

– ¡Pero si yo me voy a la feria!

– ¡A menuda feria te vas a ir tú! Anda, vuelve a taparte a ver si sudando en un par de días te pones buena. ¡Menudos coloretes te han salido!

Era lo peor que le podía haber pasado a Carmen. Casi un año soñando con este día, y por unas decimillas de nada no la dejaban salir.

De repente se le ocurrió una idea:

– ¡Antonio, Antonio! ¡Ven a verme, que estoy malita y no me dejan levantarme!

Apareció su hermano por la puerta. Varios años mayor que ella, bebía los vientos por la pequeña, y era el que más la sacaba de paseo, sobre todo en los días cercanos a la muerte de su padre. Todos se habían compinchado para que el episodio fuera lo menos doloroso posible para la pequeña..

– Antonio, como yo no puedo salir, aquí te dejo mi perra gorda. Ve a la tómbola, la que estuvimos viendo el año pasado, y compra un boleto. Si te toca, pídeme la muñeca del vestido blanco con sombrero ¿te acuerdas cual te digo? Esa, esa. Se llama Marina.

– Venga, Carmelita, yo lo haré. Pero ya sabes que es muy difícil que toque. ¿No prefieres que con ese dinero te traiga un caramelo? Mira que eso es seguro, y lo de la tómbola no…

– ¡No, no! Tú prueba, que seguro que tenemos suerte…

– Bueno, pero por si acaso no te ilusiones demasiado…

Una vez hecho el encargo, Carmen se dió la vuelta en la cama. Su hermano la tapó y le dió un beso en la frente, que le ardía.

La mañana pasó larga, entre los tiritones de la fiebre y la intranquilidad por la vuelta de Antonio. Era casi la hora de la comida cuando oyó la puerta de la calle cerrarse. A los pocos segundos estaba Antonio en la habitación, con una sonrisa de oreja a oreja y una caja de cartón bajo el brazo. ¡La muñeca! Apoyó la caja en la cama, y con un gesto rápido puso la muñeca acostada junto a Carmen, que no podía articular palabra.

– Fué cosa de brujas – contaba Antonio en su casa – Al llegar ya casi habían acabado la venta de boletos del día. Estaban prácticamente vendidos todos, y mucha gente aguardaba junto a la tómbola a que se hiciera el sorteo. Había muy pocas posibilidades…. pero le compré a Carmencita su boleto y… ¡tocó!. Un señor me quiso comprar la muñeca, pero le dije de de ningún modo…

Todos se felicitaban de la buena suerte. Carmen dormía feliz con Marina, ya recuperándose, y así pasó la feria de aquel año, en aquella ciudad pequeña que festejaba a su patrona en el mes de agosto.

Lo que no nos ha llegado de esta historia es que el más feliz de todos era Antonio. La muñeca le iba a costar una semana entera trabajando como recadero en la oficina del padre de su amigo Juan, pero cualquier cosa la daba por buena con tal de ver la sonrisa de alegría en la cara de su hermanita.

Y como yo lo sé, y creo que es justo que todos lo sepáis, por eso lo escribí, para que no se pierda la memoria de Antonio, ni de Carmen, ni de todos aquellos que pensamos que una sonrisa siempre vale más de lo que cuesta, para que nos alegremos al ver que siempre la alegría y la luz son más fuertes que la tiniebla.

Muñeca

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Inserto este cuento que he tomado del blog “Palito de las orejas”, al que podéis enlazar en el blogroll. Es sencillamente una delicia, y como me ha gustado tanto, lo comparto con vosotros.

“Se cuenta que en una ciudad del interior, un grupo de personas se divertían con un niño del pueblo, un pobre infeliz, de poca inteligencia, que vivía haciendo pequeños mandados y limosnas. Diariamente algunos hombres llamaban al niño al bar donde se reunían y le ofrecían escoger entre dos monedas: una de tamaño grande de 400 reales y otra de menor tamaño, pero de 2000 reales. El siempre cogía la más grande y menos valiosa, lo que era motivo de risas para todos.

Un día, alguien que observaba al grupo divertirse con el inocente, le llamó aparte y le preguntó si todavía no había percibido que la moneda de mayor tamaño valía menos y este le respondió. Lo sé, no soy tan tonto. Ella vale cinco veces menos, pero el día que escoja la otra, el jueguito acaba y no voy a ganar más mi moneda.

Esta historia podría concluir aquí, como un simple chiste, pero se pueden sacar varias conclusiones.
La primera: Quien parece tonto, no siempre lo es.
La segunda: ¿Cuáles eran los verdaderos tontos de la historia?
La tercera: Una ambición desmedida puede acabar cortando tu fuente de ingresos.
Pero la conclusión más interesante es: Podemos estar bien, aun cuando los otros no tengan una buena opinión sobre nosotros mismos. Por lo tanto, lo que importa no es lo que piensan de nosotros, sino lo que uno piensa de sí mismo. El verdadero hombre inteligente es el que aparenta ser tonto delante de un tonto que aparenta ser inteligente”

 

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