(Para que el carácter de un ser humano excepcional muestre sus verdaderas cualidades, es necesario contar con la buena fortuna de poder observar sus acciones a lo largo de los años. Si sus acciones están desprovistas de todo egoí­smo, si la idea que las dirige es una de generosidad sin ejemplo, si sus acciones son aquellas que ciertamente no buscan en absoluto ninguna recompensa más que aquella de dejar sus marcas visibles; sin riesgo de cometer ningún error, estamos entonces frente a un personaje inolvidable.)

Hace aproximadamente cuarenta años, yo hací­a una larga travesí­a a pie, en las regiones altas, absolutamente desconocidas para los turistas, en la vieja región de los Alpes que penetra hasta La Provenza.

Esta región está delimitada al sureste por el curso medio del Durance, entre Sisteron y Marabeau; al norte por el curso superior del Drome, después de su nacimiento, justo al oeste, por las planicies de Comtant Venaissin y al pie de monte de Mont-Ventoux. Comprende toda la parte norte del Departamento de Bases – Alpes, el sur del Drome y un pequeño enclave de Vaucluse.

En el momento en el que emprendí­ este largo viaje,  entre los 1200 y 1300 metros de altitud, el paisaje estaba dominado por desiertos, eran tierras tomadas por la monotoní­a. Lo único que podí­a crecer ahí­ eran lavandas silvestres.

Yo pasaba por esta región en su parte más ancha cuando después de tres dí­as de camino me encontré en medio de una desolación sin igual. Acampaba al lado del esqueleto de un pueblo abandonado. Ya no tení­a agua. La que me quedaba del dí­a anterior la habí­a utilizado durante la vigilia y necesitaba encontrar más. No pude encontrarla. Las casas, de lo que alguna vez habí­a sido un poblado, estaban aglomeradas alrededor de unas ruinas apiladas, lo que me hizo pensar que en algún tiempo ahí­ debió haber habido una fuente o un pozo. El arreglo de las cinco o seis casitas de piedra con techos volados y lavados por el viento, y la pequeña capilla daban la apariencia de un pueblo habitado. Sin embargo, cualquier resquicio de vida habí­a desaparecido.

Era un hermoso dí­a de junio, pleno de sol, pero en estas tierras sin abrigo, y a estas alturas del cielo, el viento soplaba con una brutalidad insoportable. La fuerza con la que el viento golpeaba las carcasas de las casas era tan violenta como el de una bestia salvaje que es interrumpida durante sus alimentos.
Era necesario mover mi campamento. A cinco horas de marcha, no habí­a encontrado agua, ni ningún otro indicio que pudiera darme la esperanza de encontrarla. Por todas partes era la misma aridez, las mismas hierbas leñosas. Me pareció percibir a lo lejos una pequeña silueta negra, de pie. De primera instancia pensé que se trataba de la sombra de un tronco solitario. Por casualidad, me dirigí­ hacia ella. Era un pastor. Una treintena de corderos yací­an sobre la tierra ardiente reposando cerca de él.
Me dio de beber agua de su botella, y un poco más tarde él me condujo hasta su casita en una ondulación de la meseta. El obtení­a su agua -excelente, por cierto- de un pozo natural muy profundo, en el que él mismo habí­a instalado un malacate muy rudimentario.

Este hombre hablaba poco. Esta es una práctica común entre aquellos que viven solos. Sin embargo, se le percibí­a como un hombre seguro de sí­ mismo, confiado en sus convicciones. Me parecí­a insólita su presencia en estos lugares tan desprovistos de todo. No viví­a en una cabañita, sino en una verdadera casa de piedra donde saltaba a la vista claramente que él mismo habí­a restaurado las ruinas con las que se encontró a su arribo. El techo era sólido y estaba bien fijo. El viento que golpeaba las tejas del techo producí­a un ruido similar al del mar cuando golpea en las playas.
Sus muebles y pertenencias estaban en orden, su bajilla estaba lavada, el piso estaba pulcramente trapeado, su rifle estaba engrasado; su sopa herví­a en el fuego. Fué entonces cuando me di­ cuenta de que también estaba recién afeitado, que todos sus botones estaban sólidamente cosidos y que su ropa estaba cuidadosamente remendada, a tal punto, que los parches eran casi invisibles.
El compartió su sopa conmigo y después de cenar yo le ofrecí­ tabaco de mi saquito. él me comentó que ya no fumaba. Su perro era tan silencioso como él, era amigable sin llegar a ser ruin.

Rápidamente entendí­ que pasarí­a la noche ahí­, el poblado más cercano se encontraba todaví­a a más de un dí­a y medio de marcha. Más aún, ya habí­a tenido la oportunidad de conocer el raro carácter de los habitantes de esta región. Que por cierto, no era en absoluto recomendable. En las laderas de estas montañas, entre los matorrales de encinos blancos que están en los extremos de los caminos aptos para vehí­culos, hay cuatro o cinco poblados dispersos, lejos los unos de los otros. Estos poblados están habitados por talamontes que hacen carbón con la madera. Son lugares donde se vive mal; en las garras de la exasperación. Las familias viven unas en contra de las otras, en un clima hostil, de rudeza excesiva, ya sea en el verano o en el invierno, viven amagando su egoí­smo aún más por la irracional desmesura en su deseo de escapar de este ambiente.
Los hombres llevaban su carbón al pueblo en sus camiones y, después regresaban. Las más sólidas cualidades se rompen bajo este perpetuo bño escocés. Las mujeres cocinaban a fuego lento sus rencores. Habí­a competencia en todo, desde la venta del carbón hasta las bancas de la iglesia; las virtudes se combaten entre ellas, los vicios y las virtudes se arrebatan unas a otras haciendo un revoltijo sin reposo. Hay epidemias de suicidios y numerosos casos de locura casi siempre fatales.

El pastor, que no fumaba, saco un pequeño saco y vació su contenido sobre la mesa, formando una pila de bellotas. Se puso a examinarlas una por una, poniendo muchí­sima atención, separando las buenas de las malas. Yo fumaba mi pipa y le propuse ayudarle. él me respondió que esto era asunto suyo. En efecto, viendo la devoción y cuidado que poní­a a su trabajo, decidí­ no insistir más. Esa fue toda nuestra conversación durante la noche. Cuando hubo terminado de separar todas las bellotas que estaban en buen estado, entonces las contó y las puso en montoncitos de diez. De esta manera iba haciendo una selección más, eliminando aquellas bellotas que eran muy pequeñas o aquellas que tení­an ligeras grietas. Al terminar, una vez más las examinaba gravemente. Cuando tuvo enfrente de él cien bellotas perfectas detuvo su tarea, y entonces nos retiramos a dormir.
La compañí­a de éste hombre me daba paz. Al dí­a siguiente, le pedí­ permiso para quedarme todo el dí­a con él. Él lo encontró perfectamente natural, o con mayor exactitud, él me daba la impresión de que nada podrí­a distraerlo. Este descanso no me era absolutamente necesario, pero yo estaba intrigado, querí­a saber más acerca de este hombre. Antes de salir, sumergió en una cubeta con agua el pequeño saco donde habí­a puesto las bellotas que habí­an sido seleccionadas y contadas previamente con tanto cuidado.

Me di­ cuenta de que su cayado tení­a un triángulo de fierro tan grueso como un dedo pulgar y de alrededor de un metro cincuenta de largo. Yo me fui­ siguiendo una ruta paralela a la suya. La pastura de sus corderos yací­a en el fondo de un pequeño valle. Él dejó el pequeño rebaño al cuidado del perro y subió hacia la derecha donde yo me encontraba parado. Me temí­a que hubiera venido a reprocharme por mi indiscreción, pero este no fue el caso de ninguna manera. Era su propio camino, y me invitó a acompañarlo si no tení­a nada mejor que hacer. Continuamos unos doscientos metros más hacia arriba.
Cuando llegamos al lugar que él querí­a, comenzó a enterrar su triángulo de fierro en la tierra. Este hací­a un pequeño agujero en él que el poní­a una de las bellotas, que posteriormente cubrirí­a de tierra nuevamente. Él estaba plantando árboles de encino. Entonces le pregunte si la tierra le pertenecí­a. Él me respondió que no. – ¿Sabe de quién es? él no lo sabí­a. Suponí­a que se trataba de una tierra comunal, o quizás podrí­a ser que se tratara de tierras a cuyos propietarios no les interesara. De esta manera, él plantó cien bellotas con mucho cuidado.

Después de los alimentos del medio dí­a, él comenzó una vez más a seleccionar semillas. Creo que puse demasiada insistencia en mis preguntas, porque él las respondió una a una. A tres años de haber comenzado, él continuaba plantando árboles en esta soledad. Él habí­a plantado ya cien mil. De estos cien mil, veinte mil habí­an germinado. De estos veinte mil, él consideraba que todaví­a se perderí­an la mitad, por causa de los roedores o por cualquier otro designio de la Providencia imposible de predecir. Quedarí­an entonces diez mil encinos que podrí­an crecer en este lugar donde antes no habí­a sobrevivido nada.
Fué en este momento en el que comencé a preguntarme sobre la edad de este hombre. Era evidente que se trataba de un hombre de más de cincuenta años. Cincuenta y cinco me dijo. Se llamaba Eleazar Bouffier. Solí­a tener una granja en las planicies, donde habí­a vivido la mayor parte de su vida. Habí­a perdido a su único hijo y después a su mujer. Se retiro a la soledad donde acogió el placer de vivir lentamente con su rebaño de corderos y su perro. El habí­a juzgado que este paí­s se estaba muriendo porque le faltaban árboles. Añadió entonces que no teniendo nada más importante que hacer habí­a tomado la resolución de poner remedio a este estado de las cosas.
Viviendo yo mismo en ese momento una vida solitaria, y a pesar de mi juventud, sabí­a como acercarme con delicadeza a aquellas almas solitarias. Aún así­, cometí­ un error. Fue precisamente mi juventud la que me forzó a imaginar el porvenir en mis propios términos, y en cierta medida también un anhelo en la búsqueda por felicidad. Le comenté que dentro de treinta años estos cien mil encinos serí­an majestuosos. Me respondió con tal simpleza, que si Dios le prestaba vida, en treinta años él habrí­a plantado tantos otros que estos diez mil serí­an tan sólo como una gota en el mar.
Él habí­a comenzado también a estudiar la propagación de las hayas. Cerca de su casa habí­a instalado un pequeño vivero donde crecí­a los arbolitos. Los sujetos que habí­a protegido de sus corderos con una pequeña barda, que funcionaba como barrera, estaban creciendo hermosamente. él estaba considerando plantar también algunos abedules que serí­an muy convenientes para las partes bajas de los valles, donde aclaro que habí­a en estado latente un poco de humedad que se extendí­a sobre la superficie del suelo por algunos metros.
Al siguiente dí­a, nos separamos.

Al año siguiente la guerra del catorce habí­a comenzado. Yo estuve comprometido en ella por cinco años. Un soldado de infanterí­a apenas y podí­a pensar en árboles. A decir verdad, todo este asunto no me habí­a dejado ninguna impresión. En lo personal la considere como un hobby pueril, como una colección de timbres y la olvide.
Al terminar la guerra me encontré al frente a una pequeña desmovilización y con un gran deseo de tomar un pequeño respiro de aire puro. Sin ninguna otra preconcepción más allá de tomar un nuevo aliento. Fue así­ que retomé el camino hacia aquellas tierras desérticas.
La región no habí­a cambiado. Sin embargo, más allá de ese poblado abandonado percibí­ a la distancia una especie de neblina grisácea que convergí­a en las alturas de las colinas como una alfombra. A partir de ese momento no deje de pensar en el pastor que plantaba árboles. Diez mil encinos, me dije: ocupan un gran espacio verdaderamente.
Habí­a visto morir a mucha gente durante esos cinco años de guerra, pero no me podí­a imaginar de ninguna manera la muerte de Eleazar Bouffier, a pesar de que un hombre de veinte ños piense que un hombre de cincuenta es ya tan viejo que no le resta más que morir. él no estaba muerto, en efecto, estaba lleno de vitalidad. Habí­a cambiado la materia de su interés. Ahora sólo tení­a cuatro corderos, pero tení­a un centenar de colmenas. Se habí­a desecho de los corderos porque amenazaban los retoños de los árboles. Él me comentó entonces que la guerra no lo habí­a distraí­do en absoluto, como yo mismo me pude dar cuenta, él continuó con su labor de cultivador de árboles imperturbablemente.
Los encinos de 1910 ahora tení­an 10 años y eran más altos que yo y que él mismo. El espectáculo era impresionante. Yo me quede literalmente privado de la palabra. Como él, no podí­a hablar más. Pasamos todo el dí­a en silencio caminando por su bosque. Estaba divido en tres secciones, el largo total era de once kilómetros, y en su punto más ancho la sección era de tres kilómetros. Cuando caí­ en la cuenta de que todo esto habí­a florecido de las manos y del alma de este único hombre solo, sin ningún avance técnico en su herramienta, comprendí­ que los hombres pueden llegar a ser tan eficaces como Dios en otros dominios además de el de la destrucción.
él habí­a perseguido su ideal, prueba fehaciente de ello era que las hayas habí­an alcanzado mis hombros y se habí­an extendido tan lejos como la vista podí­a alcanzar. Los encinos eran ahora robustos y frondosos, habí­an ya pasado la edad en la que estaban a la merced de los roedores y en cuanto a los designios de la Providencia, si deseaba destruir la obra creada, se necesitarí­a de un ciclón. él me mostró sus admirables parcelas de abedules que databan de cinco años atrás, es decir de 1915; cuando yo tuve que estar combatiendo en Verdún. él los habí­a plantado en las partes bajas del valle, donde habí­a sospechado, con justa razón, que habí­a humedad justo a flor de tierra. Eran tan tiernos como jóvenes adolescentes, y muy decididos.
La creación estaba en el aire, por doquiera, se veí­a como la sucesión estuviera tomando su propio camino. Él no se preocupaba, se ocupaba. Perseguí­a obstinadamente su objetivo. Era tan simple como eso. Al descender por el poblado, pude ver agua correr en los arroyos que en la memoria de los hombres, habí­an estado siempre secos. Era la más extraordinaria reacción en cadena la que este hombre me habí­a dado la oportunidad de presenciar. Estos arroyos secos que en tiempos muy antiguos habí­an llevado agua, habí­an vuelto a florecer. Algunos de estos tristes poblados, de los que habí­a comentado al comienzo de mi relato, estaban construidos sobre edificios de antiguas ciudades galo-romanas, donde aún quedaban algunos trazos de estas antiguas culturas. Ahí­, los arqueólogos habí­an encontrado anzuelos de pesca, en lo que en tiempos más recientes habí­an sido cisternas para abastecer de un poco de agua a estos secos lugares.
El viento dispersaba también algunas semillas. Al mismo tiempo que el agua reapareció, reaparecieron los sauces, las enredaderas, los prados, los jardines, las flores y positivas razones para vivir.
Realmente la transformación habí­a tenido lugar de manera tan paulatina que habí­a penetrado y se habí­a instalado en la costumbre sin provocar ningún sobresalto o sorpresa. Los cazadores que subí­an a la soledad de las montañas para perseguir liebres o jabalí­es habí­an constatado también la presencia de pequeños árboles. Sin embargo, atribuí­an los cambios a los procesos naturales de la tierra. Esta era la razón por la que nadie habí­a tocado su obra, porque nadie en absoluto habí­a llegado a estar en contacto con este hombre. Era insólito. ¿Quién podrí­a imaginar que en estos poblados y administraciones, que existiera alguien con tal obstinación y poseedor de una generosidad extrema que llegase al punto de ser sublime?

A partir de 1920, no dejé pasar más de un ño sin ir a visitar a Eleazar Bouffier. Jamás lo víi decaer, ni dudar. A pesar de que sólo Dios sabe los sin sabores que hubo de superar. Para obtener el éxito en su empresa fue necesario superar muchas adversidades y luchar contra la desesperación. Baste decir que durante un año habí­a logrado plantar diez mil arces y todos murieron. Al siguiente año de este suceso, decidió abandonar los arces y volver a plantar hayas. Estas lograron crecer sanas y con mayor esplendor que los encinos.
Para tener una idea más precisa del carácter excepcional de nuestro personaje, no hace falta más que recordar que viví­a en una soledad total, sí­ total, a tal punto que hací­a el final de su vida habí­a perdido la costumbre de hablar. O quizás: ¿Era que ya no habí­a visto la necesidad de hacerlo?

En 1933 recibió la visita de un guardia forestal atolondrado. Este funcionario le advirtió de no provocar fuegos a la intemperie, ya que podrí­a a poner en riesgo el bosque “natural”. Fue la primera vez que un hombre le dijera de forma tan pueril que habí­a visto crecer este bosque por sí­ solo, de manera espontánea. En este tiempo él estaba pensando en plantar hayas en un claro a doce kilómetros de su casa. Para evitar el ir y venir de ese sitio, – ya que para aquel entonces él contaba ya con setenta y cinco años de edad-, estaba ambicionando construir una pequeña casita de piedra en el lugar mismo donde se encargarí­a de plantar los árboles. Esto fue lo que hizo al año siguiente.

En 1935, un verdadero delegado de la administración vino a examinar “el bosque natural”. Habí­a con él un personaje importante del Ministerio de Aguas y Bosques, un diputado y técnicos. Se pronunciaron muchas palabras inútiles. Se decidieron hacer algunas cosas y, afortunadamente, no se hizo nada; excepto por una medida verdaderamente útil: se puso al bosque bajo la salvaguarda del Estado, y se prohibió que se viniera a hacer carbón. Era evidente que era imposible no ser subyugado ante la belleza de estos jóvenes árboles plenos de salud. Este bosque ejercí­a sus poderes seductivos incluso en el mismo diputado.
Yo tení­a un amigo entre los directores del departamento forestal que estaban en la delegación. Le explique lo que para él era un misterio. Un dí­a de la siguiente semana, fuimos los dos juntos a buscar a Eleazar Bouffier. Lo encontramos en pleno trabajo, a veinte kilómetros del sitio donde se habí­a realizado la inspección anterior.
Este capitán forestal no era mi amigo nada más porque sí­. él conocí­a el verdadero valor de la cosas. El sabí­a permanecer en silencio. Le ofrecí­ algunos huevos que habí­a traí­do conmigo como regalo; dividimos nuestros alimentos en tres y pasamos algunas horas sin decir ninguna palabra, en la contemplación del paisaje.
La ladera donde estábamos estaba cubierta por árboles de seis a siete metros de alto. Yo recordé el aspecto del sitio en 1913: un desierto… El trabajo apacible y regular, el aire lleno de vitalidad de las alturas, la frugalidad, y sobre todo la serenidad de su alma le habí­an dado a este hombre una salud casi solemne. Era un atleta de Dios. Me preguntaba cuántas hectáreas más él habrí­a todaví­a de cubrir con árboles.
Antes de partir, mi amigo hizo una simple sugerencia concerniente a algunas especies de árboles para las que el terreno parecí­a especialmente adecuado. Él no insistió más. Por una muy buena razón. Me aclaro después. Este buen hombre sabe mucho más que yo. A una hora más de camino, – esta idea se le habí­a fijado en su pensamiento, y entonces agregó:”él sabe mucho más que todo el mundo”. él habí­a encontrado un motivo para sentirse orgulloso y feliz.
Fue gracias a este capitán forestal que no solamente el bosque fue protegido, sino que junto con él la felicidad de este hombre. Hizo nombrar a tres guardias forestales para la protección de los territorios. Los ubico de tal manera que permanecieran indiferentes a cualquier cantidad de vino que los talamontes pudieran ofrecer como soborno.

La obra no estuvo en riesgo grave, salvo en la guerra de 1939; cuando los automóviles comenzaron a entrar por madera, pues nunca habí­a suficiente. Comenzaron a talar algunos de los encinos de las parcelas de 1910. Por suerte, estos bosques están tan lejos de cualquier arroyo o camino que no resultó costeable seguir extrayendo la madera y la compñí­a decidió pronto abandonar esta extracción. El pastor no vio nada. Él estaba a treinta kilómetros del sitio, y continuaba pací­ficamente con su labor, tan imperturbable por la guerra de 39 como lo habí­a estado por la guerra de 14.

Vi­ por última vez a Eleazar Bouffier en 1945. Tení­a entonces ochenta y siete ños. Yo habí­a retomado de nueva cuenta el camino del desierto, sólo para encontrarme ahora con lo que a pesar de todo habí­a dejado como legado la guerra en esa región. Habí­a un carro que hací­a la ruta entre el Valle del Durance y la montaña. Yo me apreste a tomar este relativamente rápido medio de transporte, pues los cambios eran tan grandes que yo no pude reconocer el lugar de mis últimas visitas. Me pareció también que el trayecto me hací­a pasar por lugares nuevos. Me vi­ obligado a preguntar el nombre del poblado, para estar bien seguro que esta era la región que en otros tiempos habí­a visto en ruinas y desolación. El carro me dejó en Vergons.
En 1913, en este pequeño caserí­o habí­a diez o doce casas con tres habitantes. Estas gentes eran salvajes, detestándose los unos a los otros, siempre en eterno conflicto y pillaje. Fí­sica y moralmente, ellos parecí­an hombres prehistóricos. Eran devorados por el contorno de las paredes de las casas abandonadas. Su condición era de total desesperanza. Parecí­a que sólo estaban esperando a que la muerte los encontrara. Una condición que claramente no los predisponí­a a cultivar ninguna virtud.
Todo habí­a cambiado. Incluso el aire mismo. En el lugar de borrascas secas que en otros tiempos habí­a sido, ahora soplaba suavemente una brisa con dulce olor. Un sonido que recuerda el del correr del agua que cae de las alturas. Pasaba lo mismo con el viento que ululaba entre los árboles del bosque. En fin, lo más asombroso de todo era que se escuchaba el ruido del agua que circulaba hací­a un verdadero pozo. Ví­ que habí­an construido una fuente, y que habí­a abundante agua en ella; lo que me estremeció más es que junto a esta fuente habí­an plantado limoneros que tení­an por lo menos cuatro ños y que ya habí­an crecido gruesos. Eran un sí­mbolo de la indisputable resurrección.

Más aún Vergons mostraba ya signos de trabajo, de aquellos que tienen por condición necesaria la presencia de la esperanza. La esperanza habí­a retornado. Habí­an limpiado las ruinas, habí­an tirado las paredes rotas, y habí­an reconstruido las cinco casas. El poblado contaba ahora con veintiocho habitantes que incluí­a a cuatro parejas jóvenes. Las casas nuevas, recién remozadas estaban rodeadas por jardines, hortalizas y verduras entremezcladas con malezas alineadas, habí­a legumbres y flores, coles y rosales, puerros y albahaca, apios y anémonas. Era ahora un lugar donde cualquiera estarí­a encantado de vivir.
A partir de este poblado seguí­ mi camino a pie. La guerra de la que apenas estábamos saliendo, no nos permití­a más que reincorporarnos pausadamente a la vida. Sin embargo, Lázaro estaba fuera de su tumba. En los flancos de las montañas ví­ campos verdes de cebada y de centeno en hierba. Al fondo podí­a ver algunas praderas que reverdecí­an.
Nos separan ahora ocho años desde que ví­ a toda esta región florecer con una suave ligereza que resplandecí­a de verdor. Los despojos de las ruinas que habí­a visto en 1913, ahora mantení­an granjas prósperas, que proporcionaban una vida feliz y confortable. Los viejos manantiales eran alimentados por agua de lluvia y nieve que ahora podí­a ser alojada y retenida por los bosques; el agua volví­a a correr recuperando su ciclo natural. Parte del agua se habí­a acanalado. Bordeando a cada granja habí­a arboledas de pinos y arces, los manantiales de agua estaban bordeados por carpetas de mentas frescas. Los poblados estaban siendo reconstruidos poco a poco. Una población venida de las planicies donde la tierra era muy cara llegaron a establecerse, trayendo con ellos juventud, movimiento y espí­ritu de aventura. Ahora se encuentran por los caminos hombres y mujeres bien nutridos, jóvenes y muchachas que saben reí­r, y que han retomado el gusto por las fiestas de la campiña. Si reencontramos a la antigua población, ahora veremos que es irreconocible por su dulzura y plenitud por la vida. Contando a los nuevos llegados, tenemos a más de diez mil personas que le deben su felicidad a Eleazar Bouffier.

Cuando reflexiono que un solo hombre confiado en sus simples recursos fí­sicos y morales fué suficiente para hacer surgir de un desierto esta tierra de Cannan, me doy cuenta que a pesar de todo, la condición humana es admirable. Pero, cuando hago un recuento de lo que puede crear, la constancia, la generosidad y la grandeza de un alma resuelta a lograr su objetivo, soy presa de un inmenso respeto por aquel viejo campesino sin cultura que a su manera supo como materializar una obra digna de Dios.

Eleazar Bouffier murió apaciblemente en 1947 en el asilo de Banon.

(Este cuento, de Jean Giono, ha sido publicado en todo el mundo, traducido a trece idiomas, y ha generado intensos debates y foros. La traducción que aquí­ presento es la de Olga S. Ricalde de Koehnen, directamente del original francés; el mismo Jean Giono ha cedido gratuitamente los derechos para la difusión de su cuento en todas las lenguas, todas las ediciones, todo el mundo)

3 Respuestas a “El Hombre que plantaba árboles (de Jean Giono)”
  1. toÑo dice:

    Que bonito, basta tan solo una vida para modificar y embellecer el mundo.

  2. Rafa dice:

    Arrebatado
    por el bello paisaje
    todo es poesia.

    Me gusta tu jardí­n y todo aquello que crece en él.

  3. Gabriel Unzu dice:

    Hace años leí esta historia de Eleazar Bouffier. Tiempo atrás leí una noevla de Jean Giono que también me gustó, Colina. Te agradezco que hayas incorporado a tu página el cuento “El hombre que plantaba…”. ¿Es cierto que el autor cedió los derechos? Giono era tan generoso, tan desprendido, con una capaciad de visión prospectiva parecida a su personaje. ¿Conoces estudios que analicen esa obra’? Gracias.

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