Cuentan que un viejo maestro se desplazaba hacia otra ciudad, acompañado por su joven discípulo. Transitaban por un camino polvoriento, y el maestro, cansado, se apoyó en una piedra del camino y le dijo a su acompañante: “Por favor, tráeme un poco de agua”.

El discípulo, con todo el brí­o que le daba la juventud, partió en la búsqueda de un vaso de agua para su maestro. Anduvo un largo trayecto, pero el paraje era semidesértico y no habí­a pozos a la vista. De repente oyó a lo lejos un rumor de agua corriendo. Se dirigió al origen del sonido, y acertó. Un pequeño riachuelo de agua fresca corrí­a, formando incluso una pequeña cascada, donde llenó su cuenco de agua fresca. Iba ya a volverse cuando vió en la otra parte del remanso que formaban las aguas una muchacha, llenado unos cántaros. Se inclinaba sobre la superficie del agua, los sumergía y con un gracioso ademán los depositaba tras de sí­. En ese gesto se le descubrí­a, de forma casual, un pecho. El joven monje, que nunca había visto una cosa tan bella, saludó a la muchacha, que respondió a su saludo, y ambos trabaron conversación. Al ver que eran muchos los cántaros, el chico se ofreció a ayudar a llevarlos, a lo que la joven aceptó encantada. Llegaron a casa, y como era tarde, el padre de la chica le dijo que descansara esa noche, que a la mañana emprendería el regreso. El monje, encantado con poder estar más tiempo con esa encantadora chiquilla, accedió sin mayor problema.

Al día siguiente, al levantarse, el padre de la joven le pidió ayuda para arreglar el tejado de la casa. El joven trabajó como un león, un dí­a, varios dí­as, un mes…

Se casó con la chica. Tuvieron tres niños, arreglaron la parcela contigua a la casa del padre. Compraron ganado, que prosperó hasta convertirse en los animales más apreciados de la zona.

Un día, cuando el monje, ya un hombre hecho y derecho, volví­a de un viaje de negocios hasta la ciudad cercana, vio a lo lejos una humareda en el sitio en el que estaba su pueblo. Una tempestad habí­a arrasado la aldea, sepultando el techo de la casa al caer a toda su familia. Toda su felicidad, construí­da pacientemente con mucho esfuerzo y dedicación, todas esas risas, todos esos momentos, se habí­an esfumado. Sólo quedaba el desastre. El monje huyó del lugar, llorando su desgracia, con el alma partida…

En su huí­da, medio tropezando, tiró por un sendero de tierra. Las lágrimas no le permití­an ver bien por dónde iba. Se apoyó en unas rocas, para secarse un poco los ojos, y en ese momento oyó una voz:

“¿Eres tú? ¿Me has traí­do el agua?”

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(*) En las dos acepciones del término. Escuchado en un kusén.

2 Respuestas a “Un cuento (chino)*”
  1. Sakkarah dice:

    Seguramente es cierto que todo vuelve, lo bueno y lo malo que sale de nosotros; pero a veces tarda mucho.

    Perdió algo que nunca hubiera hallado de ayudar a su compañero.

    Un beso, me ha gustado mucho tu página.

  2. calabaza dice:

    Los lios de la vida.Si uno no se lia la manta a la cabeza,¿cómo aprenderá? y si no lo hace ahora,¿cuándo lo hará?
    El Maestro Original siempre está presente pero nosotros andamos espurriaos por´ahi.Ese probe maestro,tan viejo como el ser que es tiempo.¿Cuánto más tendrá que esperar?¿cuántos tendrán que morir?…..La respuesta está en el viento…..Habrá que preguntarle a los árboles de Giono

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