A veces, sobre todo en los días lluviosos, me doy cuenta de que veo de distinta manera el espacio que me rodea. Eso me ocurrió hace un par de noches. Estaba yo en el coche, esperando en la puerta de casa. Llovía a rachas, a ratos fuerte, a ratos apenas gotitas de chirimiri. Se oía de fondo el golpeteo rítmico de los intermitentes y el mundo exterior era un esbozo húmedo, manchas de colores difuminadas entre los regueros de agua del parabrisas. Sin esperarlo, me surgió esa reflexión, como una flor exótica que se abre de repente, desplegando en un instante sus fuegos vivos de terciopelo.
Generalmente no está, no existe. Es como un ruido continuo al que estás tan acostumbrado que ya no percibes, pese a que no cesa de sonar. Pero existen momentos en los que esa inexistencia se vuelve corpórea. Y, como si acabaras de despertar o fueses un niño que abre por primera vez los ojos, te das cuenta de que hay algo entre eso que llamamos yo y el resto del universo, una frontera imperceptible, una especie de vapor o humedad ligera que te envuelve, te abraza y te comunica con lo que hay fuera, como un delicado hilo conductor que te acerca a todas las cosas, todos los seres…
Y me doy cuenta de que esa situación hace que exista la posibilidad de regular el flujo de lo que se transmite a ese medio y lo que se recibe de él. Que es un elemento que, si tú quieres, puede atravesarte, limpiarte de arriba a abajo, esparcir los átomos de las cosas buenas que todos tenemos dentro y hacer que las que flotan a tu alrededor circulen libremente a tu través. Desaparece la frontera. Lo que es una gruesa coraza se convierte en una infinitesimal lámina, nube, casi sombra. Suspiro hondo, casi un quejío. Y me siento bien.
Llega ese ser sensible con el que menos espacio me separa. Sube al coche. Lo miro. Y ese espacio entre los dos se ve surcado por miríadas de hilos de plata, cálidos, transmisores. Él también tiene su entorno, su aire alrededor. Y se ha de mover en ese ambiente acuoso, con sus fronteras también definidas entre su yo y el resto del universo, que muchas veces depone para dar y recibir, en un continuo flujo de mareas que hacen que palpite y lata con la cadencia preciosa de la vida.
Arranco el coche.

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13 Marzo 2010 a las 10:59 am
chirimiri
Muy profundo, muy bonito.
Solo consiste en empezar algo y darle algo de forma hacia donde quieres llevarlo.
13 Marzo 2010 a las 7:11 pm
Que bueno, creo que deberíamos fijarnos más en ese aire.