Esta mañana me daban la noticia de que la madre de un compañero había muerto. No ha sido una sorpresa, ya que parece ser que arrastraba una enfermedad larga, pero estos son los sucesos que siempre me han hecho tirar fuerte de riendas y frenar. Que ese algo consciente que llamamos “yo”, que respira, habla, siente y se sienta, ríe, llora, de repente pase sencillamente a no estar, a convertirse en un extraño montón de carne y vísceras inanimadas, es una cuestión que nos interpela desde el origen de los tiempos. Las religiones han intentado dar respuesta a esto, también desde el principio. Somos tremendamente egocéntricos, y que algo tan sumamente complejo y maravilloso como la vida, la conciencia, desaparezca sin más es una cosa que “ofende” nuestro orgullo de humanos.. Pero la realidad es que ese “algo” ocurre. Que ahora estamos, y mañana no. Y que la única realidad demostrable es que seguimos viviendo en otras formas, incorporados a tejidos de seres menos complejos que, antes o después, acabarán de nuevo formando parte de otros seres humanos. Este es un hecho científico incontestable. Pero ¿y lo demás?…

De lo demás, por desgracia, sólo tenemos intuiciones. Vislumbres breves de que esa conciencia personal se integra en algo más grande que no acaba cuando la máquina de carne se para. De que esa energía acumulada es de alguna forma conservada o diluida en otra corriente que nos atraviesa de parte a parte con su flujo, la percibamos o no. Y que, cuando llega el momento, siempre sin avisar, por mucho que lo sepamos que va a pasar, sale y busca otros cauces.

Nos parapetamos ante ese instante con egos magníficos, yoes que se expanden a niveles cósmicos y llenan todos los rincones de nuestra existencia, e incluso cuando nos sentamos en zazen lo más dificil es deshacerse de esa ampulosa sensación de “aquí están mis cojones” y disolverse en la Presencia. Vivimos deprisa, sin tiempo de detener un rato el vehículo, aparcar a un lado de la carretera, apagar el motor y llenar los pulmones de aire fresco, y solamente mirar alrededor el paisaje, escuchar el viento mover las hojas, sin juzgar.

Si me pudiera pedir ahora mismo un don, me pediría ese. Estar atento, sin más. Me recuerda a aquella historia zen de dos discípulos que se encuentran a la orilla de un río, y se ponen a discutir cuál de sus maestros hacía cosas más maravillosas. El primero comentaba “Pues yo he visto a mi maestro andar por encima de la superficie de este río, y llegar a la otra orilla sin mojarse. Y encender fuego tan solo acercando su mano a los leños”. Y le responde el otro: “Pues mi maestro hace cosas todavía más increíbles: cuando come, come; cuando duerme, duerme.” Esa es la verdadera inmortalidad. Y el que está Despierto de esta forma, no puede morir nunca.

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En la cima

Todas estas cosas nuevas que van encima
dales la vuelta, dales la vuelta
espera y agua abajo
desde el fondo oscuro
ponlas al revés,
deje que se diseminen.
Incluso tamízalas abajo.
Míralas brotar.

Una mente como estiércol.

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Puedo escribir y no disimular, es la ventaja de irse haciendo viejo.
No tengo nada para impresionar ni por fuera ni por dentro.
La noche en vela, voy cruzando el mar porque los sueños viajan con el viento.
Y en mi ventana sopla en el cristal. Mira a ver si estoy despierto.

Me perdí en un cruce de palabras. Me anotaron mal la dirección.
Ya grabé mi nombre en una bala. Ya probé la carne de cañón. Ya lo tengo todo controlado.
Y alguien dijo no,no,no,no,no. Que ahora viene el viento de otro lado.

Déjame el timón…. y alguien dijo no,no,no.
Lo que me llevará al final serán mis pasos, no el camino.
¿ No ves que siempre vas detrás cuando persigues al destino?

Siempre es la mano y no el puñal.
Nunca es lo que puede haber sido.
No es porque digas la verdad, es porque nunca me has mentido.

No voy a sentirme mal si algo no me sale bien.
He aprendido a derrapar y  a chocar con la pared.
Que la vida se nos va como el humo de ese tren.
Como un beso en un portal antes de que cuente diez

Y no volveré a sentirme extraño aunque no me llegue a conocer.
Y no volveré a quererte tanto y no volveré a dejarte de querer.

Dejé de volar, me hundí en el barro y entre tanto barro me encontré
Algo de calor, sin tus abrazos, Ahora sé que nunca volveré.

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En un monasterio en la ciudad de Shukotai, la capital antigua de Thailandia, existía una figura del Buda a la que la gente le tenía especial devoción. Era una estatua grande, como una casa de un par de pisos, y no era la mas bonita, ni la más refinada en sus facciones, pero tenía más de 500 años de antigüedad, había sobrevivido a invasiones y desastres naturales y esa antigüedad le había otorgado un halo de cercanía y misterio a la vez.

Pero los años no pasan en balde para nadie; el monasterio se abandonó y la estatua se encontraba surcada por numerosas grietas y desconchones. Tantos desperfectos tenía que los monjes de otro monasterio, antes de trasladar la estatua, decidieron acometer una restauración integral, para lo que comenzaron a inspeccionar minuciosamente su estado.

Al llegar a la espalda, entre los pliegues de la túnica, observaron una grieta mayor que las demás. Tan ancha era que uno de los monjes introdujo una linterna por la hendidura, y la luz le devolvió el fulgor dorado de.. ¡oro!

Los fundadores del templo habían escondido una estatua enorme de oro macizo con una cubierta de arcilla coloreada de varios palmos de grosor. Esto había hecho que resistiera sin problemas el paso del tiempo, sin que nadie hubiera intentado robarla ni agredirla.

Ahora, esta estatua, despojada de su envoltura, se encuentra visible para todos, siendo una de las maravillas del sudeste asiático.

Debajo de nuestra capa de arcilla y yeso resquebrajado, sólo con escarbar un poco, se encuentra un auténtico tesoro de bondad original y luminosa. Basta retirar la corteza.

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“Un santo es alguien que ha alcanzado una remota posibilidad humana. Es imposible decir cuál es esa posibilidad. Creo que tiene algo que ver con la energía del amor. El contacto con esta energía resulta en el ejercicio de una especie de equilibrio en el caos de la existencia. Un santo no disuelve el caos; si lo hiciera, el mundo habría cambiado hace mucho tiempo. No creo que un santo disuelva el caos ni siquiera para él mismo, porque hay algo arrogante y guerrero en la noción de un hombre poniendo en orden al universo. Es una especie de equilibrio que es su gloria. Él monta sobre los obstáculos como un esquiador de altura. Su ruta es la caricia de la montaña. Su sendero es un dibujo de la nieve en un momento de su acuerdo particular con el viento y la roca. Algo en él ama tanto al mundo que se da a sí mismo a las leyes de la gravedad y el azar. Lejos de volar con los ángeles, él sondea con la fidelidad de la aguja de un sismógrafo el estado del sólido paisaje sangriento. Su hogar es peligroso y finito, pero se siente en casa en el mundo. Puede amar la forma de los seres humanos, las finas y retorcidas formas del corazón. Es bueno tener entre nosotros a esos hombres, esos equilibrantes monstruos del amor.”

Leonard Cohen

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“Toda la teoría de fotografía del mundo no vale una mierda si no estás ahí. Yo digo: abre los putos ojos, piensa, entiende el mundo que te rodea, disfruta de la predicción y la sospecha, mira la luz y no la forma, tu sentimiento y no el ajeno, busca la desgracia, el desánimo, el júbilo, la lluvia, la vejez extrema, lo bonito, lo raro, lo extraño, lo que te da miedo, lo que te hace pequeño y grande a un tiempo. Y eso es fotografía.”

(del blog de Ramón, Wakamarisen (en el blogroll))

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“En cada paso que das, bajo la planta de tu pie que avanza, allí está la Vía”

(escuchado en un kusén)

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A veces, sobre todo en los días lluviosos, me doy cuenta de que veo de distinta manera el espacio que me rodea. Eso me ocurrió hace un par de noches. Estaba yo en el coche, esperando en la puerta de casa. Llovía a rachas, a ratos fuerte, a ratos apenas gotitas de chirimiri. Se oía de fondo el golpeteo rítmico de los intermitentes y el mundo exterior era un esbozo húmedo, manchas de colores difuminadas entre los regueros de agua del parabrisas. Sin esperarlo, me surgió esa reflexión, como una flor exótica que se abre de repente, desplegando en un instante sus fuegos vivos de terciopelo.

Generalmente no está, no existe. Es como un ruido continuo al que estás tan acostumbrado que ya no percibes, pese a que no cesa de sonar. Pero existen momentos en los que esa inexistencia se vuelve corpórea. Y, como si acabaras de despertar o fueses un niño que abre por primera vez los ojos, te das cuenta de que hay algo entre eso que llamamos yo y el resto del universo, una frontera imperceptible, una especie de vapor o humedad ligera que te envuelve, te abraza y te comunica con lo que hay fuera, como un delicado hilo conductor que te acerca a todas las cosas, todos los seres…

Y me doy cuenta de que esa situación hace que exista la posibilidad de regular el flujo de lo que se transmite a ese medio y lo que se recibe de él. Que es un elemento que, si tú quieres, puede atravesarte, limpiarte de arriba a abajo, esparcir los átomos de las cosas buenas que todos tenemos dentro y hacer que las que flotan a tu alrededor circulen libremente a tu través. Desaparece la frontera. Lo que es una gruesa coraza se convierte en una infinitesimal lámina, nube, casi sombra. Suspiro hondo, casi un quejío. Y me siento bien.

Llega ese ser sensible con el que menos espacio me separa. Sube al coche. Lo miro. Y ese espacio entre los dos se ve surcado por miríadas de hilos de plata, cálidos, transmisores. Él también tiene su entorno, su aire alrededor. Y se ha de mover en ese ambiente acuoso, con sus fronteras también definidas entre su yo y el resto del universo, que muchas veces depone para dar y recibir, en un continuo flujo de mareas que hacen que palpite y lata con la cadencia preciosa de la vida.

Arranco el coche.

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“El despertar se inicia al decir soy y ahora. Lo que ha despertado permanece algún tiempo echado, mirando fijamente al techo y escudriñando en su interior hasta que reconoce el yo y deduce yo soy, yo soy ahora. Después, al menos, viene el aquí como algo negativamente tranquilizador. Pues es aquí, esta mañana, donde esperaba encontrarse. En eso que se llama en casa.”

(Christopher Isherwood, “Un hombre soltero“)

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He acabado “El elogio de la sombra”, un libro excepcional de Junichiro Tanizaki, uno de los grandes novelistas de Japón, que busqué cuando me lo recordó la película de la entrada anterior, pese a tenerlo en la lista esa más o menos organizada que todos los lectores tenemos en la cabeza (ya sabéis, esa de “éste no lo voy a buscar ahora mismo, pero algún día caerá…”, y programas una alarma mental que “salta” cuando ve el libro en algún sitio). El libro, breve, distinto, me ha encantado. No voy a hacer una sinopsis del mismo, solo recomendaros su lectura (soy un poco malo, lo sé, pero sería como intentar convencer a alguien acerca de lo bueno que está un pastel describiéndolo).

Lo traigo aquí para poder comentar la reflexión a la que me ha inducido su lectura. “El elogio de la sombra” es un tratado de estética, acerca de como lo que puede ser muy bueno para el mundo occidental empobrece y le quita la sustancia a las artes japonesas. Y pienso que eso ocurre en muchas otras facetas de la vida. Tenemos una forma de ser, de vivir, de medio en el que nos desarrollamos, y pese a ello muchas veces nos emperramos en que la ajena es la buena, en que determinadas circunstancias nos harían ser más productivos, más “felices”. Pues es un error como la copa de un ciruelo injertado de peral. Lo que da su máximo esplendor al arte japonés es la sombra, el juego que permite sólo intuir determinadas decoraciones, determinados arreglos. Una estatua cubierta de oro dice mucho más al espectador si se presenta en un ambiente de luz tenue, iluminada por velas o por un farol de papel, que si la descubres bajo un foco eléctrico, con lo que la conviertes en plana, carente de misterio, ordinaria, chabacana.

Por tanto, igual que lo oscuro, la sombra, no tiene por que ser algo negativo, sino un elemento que da valor y sentido en determinadas situaciones, en las clasificaciones que hacemos en nuestras vidas de todo lo que nos rodea no tiene por que ser malo si es “opaco” o “negro”, según la clasificación que de lo que se trate hace la sociedad. Una situación especial puede desvelar aspectos que de otra forma permanecían ocultos, o abrir caminos a nuevas oportunidades, o, sencillamente, ser el estado natural en el que nos movemos bien y nos sentimos cómodos.

Se nos ha educado en una sociedad que valora sobre todas las cosas el concepto de “crecimiento”. Crecer es triunfar, y las curvas de nuestras gráficas vitales deben ser siempre ascendientes. Lo contrario es “perder”, delito de lesa humanidad en esta sociedad individualista y competitiva que nos hemos montado. Pues a lo mejor lo que estamos haciendo es situarnos en escenarios que no son los nuestros, los que hacen que luzcan nuestras mejores propiedades. A veces una parada y un análisis de rumbo nos resitúa, nos reconcilia con lo que realmente deseamos, y vemos claro que nuestros objetivos en realidad no son nuestros, sino inculcados por algo externo y ajeno a nosotros.

Yo por mi parte sigo buscando mi juego de sombras.

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